Budismo, ateísmo, creencias… (parte 1)

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Gran tópico.

Como muchos en mi país, fui criada en la fe católica, y de verdad me la vendieron con todo y la extensión de dos años de la póliza de garantía. Hasta los dieciséis fui una católica practicante, y creía en todo lo que un católico ingenuo (el concepto no es oximoron, por más increíble que parezca) podía creer. ¡Hasta me confirmé por elección!

Pero cuando cumplí diecisiete, encontré temas irreconciliables entre la fe católica y los acontecimientos a mi alrededor. No podía concebir una fe que no reconociera el amor de mi hermana por un hombre divorciado; no podía concebir una fe que trataba a mujeres que abortaban como pecadoras; no podía concebir una fe que perdonaba, en cambio, a pederastas que habían abusado de la confianza e inocencia de un niño; finalmente, no podía concebir una fe que pensara que había algo malo en mi sólo porque me gustaban más las mujeres que los hombres.

Durante años me consideré agnóstica, pero arreligiosa era lo más atinado. Dios era un ser que existía, pero su poderosa Iglesia Católica era una aberración a su bondad infinita. Necesitaba aferrarme a la creencia de un Dios paternalista que me recibiera en sus brazos. En el fondo, lo que necesitaba era una profunda aceptación de mí misma. Pero a los diecisiete años no se le puede exigir a nadie que reconozca eso.

Pasaron unos diez años hasta que comencé a concebir un mundo sin Dios. Fueron los años en que coqueteé con el comunismo. El hombre era capaz de valerse por sí solo. El hombre era el que moldeaba su realidad. Dios no existía. Dios no podía haber muerto, porque nunca había nacido para comenzar.

Pero la mente humana, especialmente de la una persona inquisitva como la que me precio de ser, no se puede satisfacer con una visión monolítica del mundo. El nuevo ateísmo que asumí era menos virulento y más basado en los hechos duros de la realidad que la ciencia nos presentaba. Podía ser poético pensar en un Dios que hubiera dado comienzo a nuestro universo, pero creo que es más poético pensar en un multiverso compuesto de diez dimensiones, posibilidades que la física cuántica nos presenta hoy y que son tan bellas como en otro tiempo lo fueron los Salmos para el espíritu humano. No dudo que hay mucha gente que necesita creer en Dios para poder tener la misma fortaleza interior que de pronto encontré en el ateísmo.

Pero a recientes fechas, quizá sacudida por la depresión y la crisis personal que atravesé durante el final del 2015, me he sentido atraída a cosmovisión del budismo. De cierta forma no parece chocar con mis convicciones científicas, y no es hostil ni me exige creer en un Dios, porque no hay un Dios. De hecho, me lleva a concepciones más radicales de la existencia que antes sólo había leído sin realmente contemplar sus consecuencias: la simple idea de que todo cuanto percibimos es una construcción no distinta a la de un videojuego. Y que todo cuanto sentimos puede ser apaciguado con algo tan simple como una respiración disciplinada.

Quién sabe de qué estaré hablándoles mañana…

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