Cuando todo se resquebraja

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Hace ya un poco más de seis meses que renuncié a mi comodísimo empleo en una empresa tecnológica de esas que fundaron Silicon Valley. Bueno, no era tan cómodo como lo hago sonar, porque de haberlo sido yo seguiría aún ahí.

La verdad es que no ha habido una semana desde que renuncié en que no me cuestione al menos un día si tomé una decisión sensata.

Irónicamente, no hay por lo menos un día de esa misma semana que no piense lo opuesto: que renunciar era la única decisión sensata.

Trabajé en esa empresa por cinco años, de los cuales el último año y medio fue terrible. Bueno, no todo ese año y medio. En realidad, sólo hubo un proyecto que fue el causante de mi colapso psicológico y emocional. Podría (o mejor dicho, lo haré) escribir la historia de cómo la depresión que había podido manejar y sobrellevar durante años se me vino encima al grado de incapacitarme para desempeñar mis labores al cien por ciento. Lo triste (pero real en el frío mundo de los corporativos) es que a nadie le importó acercarse a preguntarme qué tenía, ofrecerme una alternativa para seguir funcional y productiva para la empresa. Pero es que la propia empresa no tenía ya muchas alternativas, porque los malos manejos de los proyectos (bueno, específicamente de ese proyecto que fue la pesadilla que me hizo resquebrajarme) habían reducido mis opciones profesionales a una sola alternativa.

Se puede argumentar válidamente: ¿por qué no moverse a otra empresa cuando se tuvo la oportunidad?

Creo que la respuesta es compleja de articular, pero se puede resumir en una palabra: adición. No es fácil desacostumbrarse a percibir un sueldo jugoso y a tener un estilo de vida lleno de placeres inocuos y fugaces. La nula educación financiera que tenemos nos hace creer que el dinero es para gastarse tan pronto se recibe, y así fue que cuando mi cuerpo dijo «basta», mi situación financiera también era precaria. Cuando renuncié, comencé a ir a terapia sicológica, y eventualmente a retomar esto que tanta pasión me despertó en la adolescencia, y que me acompañó durante años hasta que lo dejé perder cuando consideré que mi única opción real (porque no creí que pudiera vivir de escribir, porque todo mundo te dice que no se puede vivir de escribir, lo cual socava tu confianza y mina tu autoestima) era dedicarme a programar en lenguaje C#.

No pretendo decir que hoy estoy bien. Hoy dependo de mis padres nuevamente, y pareciera que no hubiera servido de nada haber estudiado en una de las más prestigiosas universidades de mi país, haber trabajado en una de las profesiones más lucrativas, y haber ganado experiencia en una carrera que ahora me doy cuenta que sólo me habría llevado a la tumba. La realidad me sigue esperando. Agazapada, estoy consciente que tendré que confrontarla nuevamente muy pronto. Pero cada día que pasa, es un poco más brillante el sol que brilla en el cielo. Incluso en el de esta hipercontaminada ciudad con su nata de mierda gris parecida a la de Beijing.

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